Hacia los tres años, el niño tiene un manejo del lenguaje amplio y le encanta utilizarlo para expresar sus pensamientos, sentimientos, experiencias.
Los niños a esta edad no paran de hablar durante todo el día y se muestran orgullosos de su logro. Anteriormente, solo se podían expresar con frases de dos-tres palabras y su pronunciación era muy incorrecta, tanto que, en muchas ocasiones, solo los adultos con los que tenían un contacto muy cercano, eran capaces de entender lo que querían decir.
La adquisición del lenguaje es un gran logro y, gracias a él, una nueva etapa le brindará grandes satisfacciones tanto a nivel intelectual (ampliando sus conocimientos y estructuración del pensamiento), como a nivel social al poder interactuar con sus iguales y adultos.
El lenguaje le servirá tanto para comunicarse con sus compañeros y adultos con los que tiene una relación como arma arrojadiza para expresar sus sentimientos negativos.
Un niño de esta edad no puede racionalizar sus sentimientos que oscilan entre el amor-odio en décimas de segundos. Por eso, cada vez que a un niño le decimos un “NO” ante un deseo, surge en él un sentimiento de ira, de rebelión que expresa con el lenguaje con frases como: ”ya no te quiero”, “eres mala”, “te voy a matar”… y lindezas como estas. La actitud de los padres y adultos debe ser, como siempre decimos, de indiferencia por mucho que lo sintamos. Todavía no sabe el significado de estas palabras y el daño que pueden causar.
Por mucho que el niño se enrabiete ante nuestra negativa a un deseo, por mucho que se descontrole dando patadas y llorando desconsoladamente, por mucho que nos insulte… nuestra actitud debe ser mesurada, impasible y paciente hasta que él recobre la tranquilidad que se requiere. En ese momento, se puede comentar con él, las razones por las que se ha puesto así y se le puede explicar que ese es un procedimiento inútil para conseguir lo que desea. En pleno berrinche no escucha los razonamientos, no puede parar porque su descontrol motriz va por delante de su pensamiento. Él sabe que así no va a conseguir nada, pero no puede parar.
Frecuentemente los padres acuden a la escuela infantil horrorizados y acusando al centro de ser los culpables del aprendizaje de estas exageradas reacciones, acompañadas de un vocabulario muy poco apropiado de estas edades y, aunque nosotros tratamos de explicarles las razones de este anómalo comportamiento (que, por otro lado, es “normal” pues es algo evolutivo que la mayoría de los niños tienen) no escuchan y piensan que es un aprendizaje que debemos corregir en el centro.
Es el momento en que surgen LAS PRIMERAS PALABROTAS que los adultos escuchamos con preocupación. Estas palabrotas las aprenden por imitación. Los niños las han escuchado de los padres, familiares, compañeros de juego, dibujos animados o programas de televisión. Aunque creamos que no están atentos a lo que escuchan por televisión o conversaciones entre los adultos pues los vemos entretenidos jugando en otro sitio, ellos siempre tienen las antenas puestas y son esponjas que todo lo captan. Nadie está libre de haber soltado una “palabrota” cuando nos vemos ante un imprevisto, disgusto o discusión, aunque sea de poca importancia.
Por ejemplo, cuando estamos inmersos en el trafico agresivo en el que solemos conducir nuestro coche. ¿Quién no ha dicho una palabrota ante una conducción temeraria? Pensamos que los niños no están atentos a nuestras reacciones y estamos muy equivocados.
Los niños-jóvenes, para sentirse muy mayores, utilizan un lenguaje con un número muy reducido de vocabulario, adornado con un sinfín de palabrotas y esto también lo escuchan nuestros pequeños.
A esta edad y hasta los seis, siete años, los niños no conocen el significado de estas palabrotas, por muy fuertes que resulten a los adultos. Los niños sí ven la reacción que tienen en el adulto y que esto provoca una atención que es lo que quieren obtener. En estas edades, utilizan todos los recursos inimaginables para llamar la atención y, si ven que las palabrotas la obtienen, las utilizarán frecuentemente.
La actitud de los padres por mucho que cueste mantenerla debe ser de impasibilidad y explicarles, con calma, que esas palabrotas no se dicen porque no son bonitas y pueden ofender y son de mal gusto.
Cuanto más constatan que estas palabras alteran a los padres, más las usarán. Saben que no falla, llaman la atención y provocan reacciones en los adultos: se sorprenden, les castigan, les regañan o se ríen. Hay que enseñarles a que, el decir palabrotas, no es la forma adecuada de llamar la atención.
Hay padres que exigen a la escuela que el niño que dice palabrotas y que rápidamente los demás imitan, se le castigue y aleje de sus compañeros pero esta reacción consigue lo contrario de lo que queremos conseguir. Los niños las utilizarán para herir al adulto, para producir irascibilidad y enfado ante ellos cuando no consigue lo que quiere. Es una agresión verbal que produce consecuencias.
Los psicólogos aconsejan que hagamos oídos sordos ante las palabrotas, que hagamos como si no oyéramos y que en poco tiempo, el niño las dejará de utilizar pues no obtiene lo que quiere conseguir: Atención. Quitamos todo el valor que pueden tener pues ya no valen para llamar la atención. Hay que mostrarnos impasibles y esto es difícil de conseguir, sobre todo porque estamos rodeados de gente que no entenderá nuestra reacción. Se le recordará, con tranquilidad, que estas palabras no se pueden utilizar porque molestan a los demás y que no va a conseguir lo que quiere, utilizándolas. Cuando los niños ven que estas palabrotas no tienen el efecto que quiere conseguir, dejan de decirlas.
Hay muchos niños que hacia los tres años utilizan las palabras para agredir a su compañero: las palabras más usadas son: “tonto”, “no eres mi amigo”, “no te invito a mi cumpleaños”, pero esto no lo utilizan para herir, sino para conseguir lo que tiene el otro. Son recursos que va abandonando cuando se da cuenta que no tienen resultado.
No me canso de recordar que los adultos somos los ejemplos a seguir y que nuestras acciones y actitudes son lo que los niños van a imitar, cayendo en saco roto nuestras palabras si se contradicen con nuestra actuación. Debemos cuidar mucho nuestro vocabulario y expresiones si queremos que nuestros hijos tengan un lenguaje correcto y respetuoso hacia los demás.
Pelancha Gómez Olazabal
Escuela Infantil Jauja
